Medicina de paños calientes

Jurate Rosales, Directora de la Revista Zeta

Jurate Rosales, Directora de la Revista Zeta

Por Jurate Rosales

El venezolano sometido a desmentidos oficiales que lo asustan más que la enfermedad misma, se alarma con cada nuevo asomo de posible epidemia en un país sin medicinas y sin credibilidad.

En Venezuela, el tema de la salud pública, en manos de un Ministerio del Poder Popular para la Salud plagado desde el año 1999 por una interminable alternancia de ministros encargados de ese despacho, se ha convertido en un drama de nunca acabar. La situación empieza a trascender las fronteras y aparecer en medios de importancia mundial. Uno de ellos es la revista “Lancet”, definida como “una revista científica médica con un factor de impacto altísimo, lo que se traduce en ser una revista de mucho prestigio científico”.

Desde el pasado mes de junio, en Lancet aparece el nombre de Venezuela y no es precisamente para encomiarlo. Llega en forma de “correspondencia”, lo que no debe engañar en cuanto a su importancia, puesto que en ese tipo de revista científica, incluso la correspondencia sólo se inserta después de revisión por expertos y aprobación de los redactores. Después de un primer alerta en junio, es recientemente, el 23 de agosto que la revista vuelve a dar páginas a un segundo informe sobre el insólito caso de Venezuela, país donde las epidemias producidas por un vector (en este caso el zancudo), en vez de disminuir, han tenido un aumento exponencial desde 1998.

Aparece en Lancet la información de que el control del vector de la malaria, el zancudo Plasmodium falciparum y P vivax, que en Colombia y Brasil fue reducido en un 50%, no tuvo campaña efectiva de exterminación en Venezuela. Mundialmente, entre el 2000 y 2012, la malaria disminuyó en 42% y esto permite albergar esperanzas que se logrará la meta de disminuir su incidencia en el mundo en 75% para el cercano año 2015.

En América, el progreso ha sido notable, con la excepción de tres países: Venezuela, Haití y Guyana.

El caso venezolano está descrito sobre la base de los números que brinda el departamento de epidemiología del Ministerio de Salud venezolano y donde un gráfico enseña el sostenido aumento de casos de malaria en el país, que de 21.815 casos en 1998, pasó a 76.621 en 2013, dentro de una continua progresión anual. En lo que va del 2014, en mayo ya se habían acumulado 29.931 casos, lo que indica un alarmante promedio de 1.497 casos semanales.

El artículo explica que la mayoría de los casos ocurren en áreas de suburbios, donde el control se dificulta por la continua escasez de medicinas anti malaria, que no están en las farmacias privadas, ni siquiera cuando hay una receta médica para comprarla. Observa que lo mismo ocurre con la Leishmaniasis, cuya erradicación es frenada por la dificultad de conseguir los remedios adecuados.

Hasta aquí el informe aparecido en el Lancet. Lo que el Lancet no dice, es que en varias ocasiones, el ministerio venezolano intentó prohibir la publicación obligatoria de las cifras de epidemiología semanales, como lo exige la norma internacional, vigilada por la Organización Mundial de la Salud, de la que Venezuela es miembro. La interrupción de esa información, ocurrida varias veces, fue denunciada en la prensa nacional y corregida cuando alguien se dio cuenta en el Ministerio, que Venezuela se  transformaba en el único país del mundo que no presente la información obligatoria que debe entregar a la OMS.

No es de sorprenderse que, en esas circunstancias, baste una noticia de posible nueva epidemia, seguida de desmentidos oficiales, para que la gente se alarme más por el desmentido, que por el anuncio, al surgir la sospecha de que algo grave se le esconde.

Al juzgar por lo que aparece en las redes sociales, en este momento hay una gran alarma en la población por una posible “nueva” epidemia. Un público alimentado por los medios internacionales de informes sobre la Chikungunya actualmente extendiéndose en Venezuela y los escalofriantes relatos acerca del Ébola, está nervioso y su poca confianza en las autoridades sanitarias empeora la tensión.

Veamos, entonces, los hechos sin alarma, ni pánico. El 10 de septiembre, el jefe  del gremio médico en el Hospital Central de Maracay (HCM), Ángel Sarmiento, rodeado de sus colegas, declaró que estaban preocupados por la muerte de ocho pacientes, víctimas de un mal que les causó la muerte en 72 horas. Describió los síntomas: “un cuadro febril que alcanza 40 grados, malestar general y erupciones en la piel que luego forman ampollas. Se presentan sepsis que originan fallas multiorgánicas que produce coagulación intravascular diseminada, sangramiento de oído y nariz y el posterior colapso del organismo” (El Universal, 11.09.2014). Se descartó ébola, meningococcemia, chikungunya o dengue. Se necesitan estudios para determinar la causa de estos casos, ocurridos en pacientes provenientes de diversos lugares del país.

Lo único que logró la advertencia del gremio médico,  han  sido desmentidos e insultos por parte del oficialismo. Los análisis todavía se esperan, quizás en gran parte, porque no hay manera de efectuarlos, lo que probablemente ha sido la principal causa del anuncio de Sarmiento, para librarse de la responsabilidad de haber guardado silencio.

Y la gente, ¿por qué se alarma? Se asusta porque vive en medio de la ausencia de medicinas e insumos médicos. Doy un ejemplo, del que soy testigo directo. Llamada desde Maracay: tengo mucha fiebre y dolores en las articulaciones. Aquí hay casos de Chikungunya. ¿Hablaste con tu médico? “Es que aquí no hay posibilidad de diagnóstico, habría que enviar las muestras a Caracas y eso tarda. De todas maneras, no hay remedios. Me estoy manteniendo con antigripales, pero es difícil conseguirlos.”

¿Le extraña al gobierno que la gente se alarme? Pues que no se sorprendan, cuando ven que el alarma sobre lo que ocurre con la salud en Venezuela, ya traspasa las fronteras en las más serias publicaciones científicas del mundo.

Fuente: El Nuevo País – 15 septiembre 2014

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